Discurso de Beltrones, entrega de medalla Belisario Domínguez

Palabras del Senador Manlio Fabio Beltrones, Coordinador del Grupo Parlamentario del PRI y Presidente del Instituto Belisario Domínguez, en la ceremonia de entrega de la “Medalla de Honor Belisario Domínguez 2009”, celebrada el 22 de octubre de 2009. 

Con su autorización señor Senador Carlos Navarrete, 
Presidente de la Mesa Directiva del Senado de la República.  
Ciudadano Felipe Calderón Hinojosa, 
Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos.  
Ciudadano Guillermo Ortiz Mayagoitia, 
Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.  
Diputado Francisco Ramírez Acuña, 
Presidente de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados.  
Senador Gustavo Enrique Madero Muñoz, 
Presidente de la Junta de Coordinación Política del Senado de la República.  
Señor Gobernador del Estado de Chihuahua.  
Señor Gobernador del Banco de México.  
Señores presidentes municipales que nos acompañan.  
Señor Miguel Ángel Granados Chapa, 
Medalla “Belisario Domínguez 2008”.  
Distinguidos familiares de Don Antonio Ortiz Mena.  
Señoras senadoras. 
Señores senadores. 
Señores diputados.   
Señoras y señores:   

Hubo una vez, un tiempo, en que México pudo crecer con justicia social y visión de futuro.  

Hubo una vez que nuestro país creció, por doce años, a tasas sostenidas de 6.5%; con el nivel de inflación más bajo de Latinoamérica y un incremento al salario real de un 6.4%.  En ese tiempo, sin importantes ingresos, producto del petróleo, se logró soberanía alimentaria y crecimiento industrial.   

Fue un tiempo en que México diseñó y ejecutó un original y exitoso modelo de desarrollo, acorde al proyecto social de la Constitución de 1917 y a la función histórica del Estado Mexicano en la construcción de las instituciones nacionales.  

Tiempo de obra colectiva, conducida por mexicanos de gran estatura que se formaron en las instituciones educativas del Estado Mexicano, en medio de un conflicto armado mundial.   

Un tiempo que fue conocido como el “milagro mexicano”, nacido del talento hacendario y el compromiso social de Don Antonio Ortiz Mena, un abogado firme y prudente. Pero, sobre todo, un humanista, que sabía que, para servir a México, es esencial conocer los problemas y anhelos del pueblo e identificar lo que es posible y lo que no lo  es.  

Mexicano excepcional, tuvo talento, sensibilidad y preparación, para ver al mundo de la post-guerra y la guerra fría, ver el mundo de las dictaduras y el estatismo de aquel tiempo, y definir un modelo muy mexicano de “desarrollo estabilizador”, sustentado en la intervención responsable del Estado en sectores estratégicos, todos ellos necesitados de impulso; una política industrial apoyada en la sustitución de importaciones y la demanda del mercado interno; un modelo en el que hubo la prudencia de separar las decisiones de política hacendaria, de las veleidades del poder presidencial.  

Con congruencia y honestidad intelectual, concibió  la política económica como un instrumento para el desarrollo y para invertir en la sociedad. Como declaró  años después. “No tenía compromiso ideológico, podía ser keynesiano y monetarista, según el caso”; según las necesidades y los principios éticos y de servicio público que siempre guiaron su ilustrado pragmatismo.   

Era un hombre de Estado que supo estar por encima de intereses transitorios y nunca cayó  en la tentación de cultivar aspiraciones políticas personales, porque en su amplio horizonte estaba primero elevar el progreso de México a niveles superiores de bienestar y madurez política.  

Hoy, a más de dos años de su desaparición física, el Senado de la República cumple un deber histórico al honrar la figura excepcional de Don Antonio Ortiz Mena, con la entrega póstuma de la Medalla Belisario Domínguez.  

Con ello, vinculamos ante la historia a dos mexicanos eminentes: el heroico demócrata que murió sacrificado por la intolerancia y el servidor público ejemplar que elevó a México a niveles de desarrollo que no tuvieron precedente, ni han tenido, después, seguimiento alguno.  

Así  como el México que soñó Belisario Domínguez, era un México donde las diversas corrientes políticas no se mataban entre sí ni se acallaban o suprimían unas a otras. Un México donde la política se rigiera por el valor supremo de la tolerancia; así, el México que vivió Antonio Ortiz Mena fue más que un milagro.  Fue una realidad construida con enorme esfuerzo, visión, capacidad, honradez y, sobre todo, con responsabilidad.  

El ejemplo de ambos mexicanos eminentes debe guiarnos, para que México retome el camino de la madurez política y el desarrollo económico, todo ello construido a partir de un camino propio.  

Volvamos a las preguntas elementales que se planteara Don Antonio Ortiz Mena, en plena madurez. Decía: ¿Qué tenemos que hacer para mejorar la vida de las mayorías en México? ¿Cuáles son las políticas que garantizarán un crecimiento sostenido y un desarrollo futuro?  

Porque no es lógica ni humana, decía Don Antonio, una situación donde los salarios siempre pierden capacidad adquisitiva y los precios suben en forma permanente.  Porque creamos millones de pobres que no pueden vivir y (cito) “y hay que mantenerlos para que sigan siendo miserables”: este es el error más grave que ha cometido México. 

Palabras duras, verdades que afligen, realidad que obliga a que definamos con imaginación, sensibilidad y sentido de urgencia: el qué  hacer, aquí y ahora, para destrabar la parálisis, retomar los acuerdos básicos y recuperar el paso, con una clara visión de presente y de futuro.  

¿Qué hacer para volver a crecer? ¿Cuál es la función que en las actuales circunstancias corresponde cumplir al Estado en la construcción de la nación? ¿Qué contrapesos y controles institucionales deben incorporarse al régimen político para implantar una economía sin sujeción a decisiones personales? ¿Y cuáles son las reformas económicas y sociales, que debemos emprender?  

Sería absurdo intentar un retorno al Estado paternalista e intervencionista que, en sus excesos, demolió la obra pública del “milagro mexicano”. Tampoco volver al populismo –de uno u otro signo– de un Estado asistencialista que subsidie y mantenga a los pobres con base en la recaudación fiscal, y los persuada para que correspondan con sus preferencias electorales.  

Los mexicanos necesitamos oportunidades de desarrollo que rompan el círculo perverso de escaso crecimiento, desigualdad y pobreza.  

Requerimos con urgencia de un Estado responsable que consolide el Estado de derecho.  

Un Estado responsable, y también eficaz, que se ocupe con mayor definición de la juventud y su educación de calidad, como proponía Don Antonio Ortiz Mena.  

Un Estado responsable que intervenga para dinamizar los sectores rezagados, como el campo y la sociedad rural, que Don Antonio Ortiz Mena consideraba como el problema central de México.  

Construir el Estado responsable y eficaz del Siglo XXI, implica fortalecerlo a partir del desarrollo institucional y una modernización del régimen político para reorganizar y establecer nuevos mecanismos de control, colaboración y equilibrio entre los poderes públicos.  Todo ello para dejar atrás los gobiernos divididos e iniciar los gobiernos compartidos.  

Vivimos tiempos de transformación en los paradigmas de desarrollo y de gobierno.  Donde las condiciones de gobernabilidad que demanda la sociedad mexicana y la economía global,  las mutaciones que la recesión mundial ha precipitado en los mercados y las funciones del Estado, nos obligan a replantear los parámetros de la regulación económica, los mecanismos para la provisión de condiciones de empleo y bienestar, y las formas de garantizar los distintos aspectos de la seguridad nacional en el mundo contemporáneo.   

Don Antonio Ortiz Mena, nos demostró que el salto cualitativo es posible.  

Hubo una vez en que lo logramos, y debemos volver a hacerlo: crecer con estabilidad, equidad y perspectiva de futuro.  Esto es factible, sobre todo cuando se adopta la fórmula política que sostenía Don Antonio Ortiz Mena: firmeza en los objetivos, creatividad en los medios, capacidad de gestión de los asuntos públicos, y liderazgo para construir los consensos indispensables.   

Esta es la política democrática que debemos y podemos practicar.  Aquí, en el Senado de la República, sin importar las difíciles circunstancias, ya lo hemos hecho y eso nos ha permitido llegar a los acuerdos que sustentan el ciclo fundamental de reformas institucionales iniciado en la legislatura pasada.  Ha sido un largo camino de diálogo y confrontación de posiciones; de tolerancia y respeto a las diferencias; de escuchar, reconocer y conceder, todo ello para lograr la unidad en la diversidad y los acuerdos fundamentales.  

El resultado está  a la vista: hoy, junto al ciudadano Presidente Constitucional cuya presencia tradicionalmente ha honrado la entrega de esta presea, preside la Mesa Directiva un firme militante de la oposición de izquierda; el Presidente de la Junta de Coordinación Política, es un sobresaliente miembro del partido en el gobierno; y el que hace uso de la palabra milita en otro partido político de oposición que, hasta hace poco tiempo gobernó por muchas décadas.  Este evento parecía impensable hace apenas tres años, después de una controvertida contienda presidencial.  

No ha sido un camino fácil ni exento de obstáculos. Pero estamos convencidos que siempre es mejor esta ruta, por larga y sinuosa que parezca.  Lo anterior no significa que, en ocasiones, no deban tomarse decisiones fuertes en bien del país, por graves que parezcan. Esa es la responsabilidad del gobernante ante el pueblo y la historia. 

La ampliación del pluralismo político y social exige la transformación de la política en un espacio de diálogo público.  Hay que integrar las diferencias, no erradicarlas. Si el consenso no existe, hay que crearlo y trabajarlo. No se trata de la unanimidad sino de  la formación de mayorías.  

Ya lo hicimos antes y debemos hacerlo otra vez, todo ello para recuperar la senda del crecimiento y el desarrollo, hasta eliminar la pobreza y desterrar la desigualdad, y construir un país con perfil propio y orgulloso de su vigorosa identidad plural.  

Aquí, frente a la más alta representación de los poderes públicos, rendimos homenaje al hombre que fue el emblema de un México pujante, dinámico y seguro de sí mismo.  El ejemplo de Don Antonio Ortiz Mena debe iluminar a México con su clarísimo mensaje: es la hora de un cambio con rumbo.  

Es tiempo de acordar las reformas políticas que faciliten los pactos económicos y nos conduzcan a la solución de los problemas de desigualdad y pobreza. La fórmula es sencilla: ni oposición irresponsable, ni gobiernos excluyentes, cualquiera que sea su nivel de responsabilidad.  

Es hora de dejar atrás los mezquinos intereses particulares que se hacen pasar por intereses colectivos.  Es hora de superar mitos y dogmas que  oprimen; agravios e intolerancia que maniatan y que no permiten a nuestro país levantar el vuelo.  

No olvidemos que el voluntarismo político hace sólo buenos discursos, pero sólo la verdadera voluntad política, comprometida con México, hace las reformas.  

Tolerancia política, voluntad y responsabilidad en la gestión pública, fueron la divisa de Belisario Domínguez y de Antonio Ortiz Mena.  Dos mexicanos eminentes cuyo espíritu y legado nos acompañan, hermanados, en esta ceremonia.  Sepamos estar a su altura.  

Muchas gracias 

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